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CUENTO REVISTA FERIA 2026
 
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III CUENTO DE SEPTIEMBRE

       De todos es conocida la fábula de la liebre y la tortuga. La liebre, confiada en su rapidez, para burlarse de la tortuga, la desafió a una carrera. Creyéndose invencible, se tomó descansos y se distrajo. La tortuga, constante y perseverante, siguió avanzando sin detenerse. Al final, llegó primero la tortuga, demostrando que la constancia y la paciencia superan a la arrogancia y a la soberbia.

       Los conceptos de arrogancia y soberbia a veces se superponen, lo que da lugar a que, en ocasiones, se confundan ambos conceptos. La arrogancia es una demostración externa de creerse superior, que a menudo busca validación y se manifiesta al menospreciar a otros y destacar las propias cualidades de forma despectiva. La soberbia, en cambio, es una actitud más profunda y rígida basada en una firme convicción de superioridad, que puede no requerir validación externa y se caracteriza por un rechazo a las críticas y consejos. Dicho de otro modo, no da su brazo a torcer.
       
       En realidad, la soberbia es una actitud que, con mayor o menor intensidad, todos podemos experimentar en algún momento. En su grado máximo, en el campo de la psicología, la soberbia se denomina narcisismo, y en su grado mínimo… el que esté libre de ella, que tire la primera piedra.

EL  SOBERBIO

       Hace más de cien años, en un rincón del mundo llamado Iznájar, donde la tierra parecía extenderse como un lienzo de paz, vivía Tarquinio, acompañado por su padre, un pastor llamado Agelao, quien era como un viejo árbol que cuida y guía con sus raíces profundas las ramas firmes y fuertes. Juntos, su vida fluía con sencillez y armonía, igual que hacía el río Genil al atravesar mansamente el pueblo con sus meandros y su agua cristalina donde bebía el ganado entre el canto de los pájaros, como si de un recodo del paraíso se tratara.
       
       Cuando Tarquinio se iba haciendo mayor, se preguntaba por qué no tenía madre. Acudió a su padre, y éste le explicó que era un niño adoptado.

       -Tus padres fueron unos reyes de un país en el que los republicanos querían abolir la monarquía. Para proteger a su hijo lo entregaron, siendo un
       recién nacido, a un criado para que lo llevase lejos y lo criara otra persona -dijo su padre adoptivo.

       -Así llegaste a Iznájar, donde fuiste entregado al párroco para que te protegiera -continuó diciendo Agelao.

       -El párroco vino a mi casa y me contó toda la historia. Entonces, yo acepté recogerte y criarte como si de mi hijo natural se tratara.

       El joven Tarquinio, atónito, mientras escuchaba a su padre, quedó absorto, con la mirada y el pensamiento perdidos. No sabía qué decir. Es como si su vida cambiase de rumbo en un segundo, en un instante.

       Con el paso del tiempo, Tarquinio crecía y germinaba como una semilla que se transforma en un robusto árbol, hasta convertirse en un hombre íntegro y de firmes convicciones.

       Un día cualquiera se acercó a su padre adoptivo y le dijo:

       -Si soy hijo de reyes, me corresponde el reinado de ese país.
       
       Luego, continuó preguntándole:
       
       -Padre, ¿por qué nunca me has llevado a mi país?

       El padre adoptivo, Agelao, le respondió con calma:

       -Hijo mío, no puedo llevarte porque los reyes fueron asesinados e impuesta la república. Yo no puedo enviarte a ese país pues te matarían ya que allí suponen que no hay herederos legítimos de los reyes asesinados.

       -¡Pero yo soy el rey! ¡Mis súbditos me apoyarán! -exclamó enardecido Tarquinio.

       Aun así, el hijo insistía en que deseaba volver al país, pero Agelao seguía negandose a decirle cuál era. Esto lo hizo enfrentarse a quien fue su padre durante toda su vida. Ante la imposibilidad de obtener la información, Tarquinio se llenó de arrogancia, creyéndose por encima de los demás por tener sangre azul. Miraba con desdén a quienes estaban a su alrededor, creyéndose superior a todos en su propio mundo de vanidad.

       Corría el mes de septiembre, el mes con olor a jazmín y a nardos, cuando decidió acudir a ver a la Virgen de la Piedad, Patrona del pueblo, para que le señalara el camino a seguir y así encontrar su reino. Fue junto a un empleado suyo, quien ya era el único amigo que le quedaba. Llegaron a la ermita y se colocaron, uno al lado del otro, frente a la Virgen de la Piedad. Una imagen con un rostro sagrado en el que, aún hoy día, se entremezclan la expresión de ternura y la de dolor, y con una mirada que consuela y llega hasta el alma.

       Encontrándose ante ella, Tarquinio, mirándole a los ojos, le dijo:

       -Madre mía, Virgen Santa de la Piedad, a ti acudo para que me digas donde está el país que me vio nacer y al que me corresponde reinar.

       Y continuó diciendo:

       -Mi señora, te doy gracias porque no soy ni ladrón, ni asesino, ni adúltero. Soy una persona justa. Siempre he cumplido con la Iglesia: vengo todos los domingos a misa, cumplo con los ayunos establecidos y, cuando se pasa el cestillo, soy generoso. No soy como este empleado mío, que no echa nada al cestillo y que viene a verte sólo cuando tiene algo que pedir.

       Mientras tanto, el empleado, también frente a la Virgen con la mirada cabizbaja, como quien se avergüenza de lo que ha hecho y golpeándose el pecho, le dijo:

       -Madre mía, intercede ante tu Hijo para que perdone mis pecados.

       En esto, el sacerdote que andaba por allí y, tras escuchar las plegarias, se acercó a Tarquinio y le dijo:

       -Lo que dices ya está escrito en los Evangelios: Jesucristo dijo que cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Tu último amigo te abandonará por cómo lo has tratado, y te quedarás solo. Así, serás humillado.

       Al año siguiente, también en el mes de septiembre, Tarquinio vuelve a la ermita y se postra ante la Virgen y vuelve a insistir en la misma idea.

       -Virgen Madre de Dios dime donde están mis padres; haz que la providencia me haga estar frente a ellos -suplicó Tarquinio.

       Al terminar su frase ante la imagen de la Virgen, Tarquinio sintió que su pecho ardía como si estuviera en llamas, y del mismo fuego emergió una dulce voz de mujer que susurró con ternura y misterio:

       -Hijo mío, para ser feliz, debes aprender a caminar detrás de los demás.

       Tarquinio, sorprendido, miró a su pecho, lo tocó y observó que estaba frío, como todo su cuerpo después de ver lo que había ocurrido.
Asustado, corrió en busca del sacerdote para explicarle lo que había pasado, y éste le dijo:

       -También esto está escrito en el Evangelio: "Así, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos".

       -Hoy, ocho de septiembre, la Virgen te ha hablado y eso significa que debes saber la verdad. El sacerdote que te recibió cuando naciste me confió el secreto a cambio de que lo mantuviese oculto salvo que la Virgen de la Piedad, Madre de Nuestro Señor, pidiera su revelación -continuó el sacerdote.

       Tarquinio, asombrado y boquiabierto, se mantenía escuchando a su sabio interlocutor.

       -Tu padre adoptivo, Agelao, ese día también juró ante esta Imagen que jamás rompería dicho secreto -añadió el sacerdote.

       Tarquinio seguía sin poder articular palabra; sólo escuchaba con atención.

       -Cuando termine la procesión de la Virgen, ponte un buen calzado, porque vamos fuera del pueblo, donde vas a conocer a tus verdaderos padres -le dijo a un hombre totalmente sobrepasado por los hechos y las noticias que había recibido.

       Tras finalizar la solemne procesión, la Virgen de la Antigua y Piedad inició su entrada triunfal en el templo, rodeada de un ambiente lleno de fervor y alegría. Previamente, le dieron varias vueltas alrededor de sí misma como símbolo de su reinado y protección sobre todos los iznajeños de corazón. La imagen, vestida con sus galas más bellas, fue bailada suavemente por los costaleros, que se movían al ritmo de la música tocada por la banda local. Los sones alegres y emotivos llenaban el aire, mientras las campanas de la ermita repicaban al vuelo, anunciando la llegada de la Virgen. Las campanas sonaban con fuerza, y el Tajo, a modo de caja de resonancia, hacía tronar su sonido en toda la comarca. Finalmente, la imagen fue colocada en su lugar bajo la mirada atenta de Tarquinio, quien con su expresión agradecida observaba a la Virgen. Por fin podría conocer a sus padres.

       Una vez terminada la procesión y preparado el equipaje para el camino, Tarquinio y el sacerdote se pusieron en marcha y, caminando como peregrinos, se aventuraron con la ilusión de Tarquinio de conocer a su padre y a su madre, y con la inquietud del sacerdote por si había hecho bien en revelar el secreto. Al pasar por la Venta, pararon en uno de los bares que allí había para tomar una manzanilla con un chorreón de anís que les diera ánimo para la caminata. Lo cierto es que ya iban cargados de ánimo desde que se reveló el secreto, pero tal era la comezón de uno y la intranquilidad del otro, que poco uso hacían de la plática.

       Cuando ya había amanecido, en su caminar pasaron por El Barrio, un conjunto de casas blanqueadas que se deslizaban hasta el río, hasta terminar en La Máquina, una casa señorial con un molino de trigo movido por el agua. A pocos metros, para coger un atajo y cruzar el río Genil en lugar de llegar al puente de Hierro, cruzaron el puente de la Señá Emilia, un puente de propiedad privada, en el que, a su entrada, había un niño llamado Pepe, a quien todos conocían como Pepe de la Aceña, pues vivía con su familia a un kilómetro río arriba, en una aceña dedicada a la producción de harina y pan. El sacerdote pagó al niño la moneda de rigor para poder pasar. Siguiendo por la orilla del río, llena de álamos que resonaban con su ruido al viento, pasaron por la huerta de Rosúa, llena de árboles frutales, y por el huerto recién regado con agua del estanque, que a su vez se llenaba con una chirriadora noria impulsada por la fuerza del río. Siguieron andando por agrestes caminos durante varias horas hasta llegar a una cueva aislada, con una vieja y rústica puerta de madera agrietada que no había conocido el barniz en muchos años.

       El sacerdote se acercó a la puerta y dio tres golpes firmes, resonando en la quietud del lugar. Tras unos instantes, aparecieron dos ancianos de rostro demacrado, con vestimentas raídas y desgastadas por el tiempo y las penurias. Desde el interior de la cueva emergía un olor a humedad que impregnaba el aire. Mendigaban hasta el aceite que usaban para encender su oscuro y mugriento candil, lo que sumía aquel refugio en una penumbra perpetua, donde la pobreza y el desamparo campaban a sus anchas.
El sacerdote, sin rodeo alguno, dijo:

       -Tarquinio, estos son tu padre y tu madre. Cuando naciste, como no podían mantenerte, optaron por entregarte a la Iglesia para que te criara una persona respetable y con caudal suficiente para que no conocieras la miseria.

       -¡Mis padres pertenecen a la realeza! ¡No sé por qué me has traído aquí! -dijo en voz muy alta un ofuscado Tarquinio.

       Dio media vuelta y se marchó por el mismo camino, solo, sin esperar al sacerdote, en dirección a su casa.

       Al día siguiente, 10 de septiembre, su madre falleció. Dicen que fue de pena por el desprecio sufrido, y un día más tarde murió también su padre, por el mismo motivo. Tarquinio, en su casa, era incapaz de aceptar la realidad que le contó el sacerdote. Con soberbia desmedida, se encerró en su habitación, lanzando palabras crueles y despreciando a su anciano padre adoptivo, a quien llamó mentiroso y despreciable, así como a sus empleados, a quienes trataba como si fueran siervos indignos. Sin embargo, su actitud despectiva empezó a cobrarle factura: Agelao enfermó y murió; lo mismo sucedió con sus animales de la ganadería. Su negocio fue desgastándose por su arrogancia, hasta quedar en ruinas. Sin comida, sin animales ni dinero, Tarquinio se encontró solo, abandonado por todos, y con la única compañía de las deudas que lo obligaron a abandonar la casa en la que tan feliz había sido junto a Agelao, enfrentándose a la amarga realidad de su soberbia.

       Una vez desahuciado, heredó la cueva de sus padres y se instaló en ella. Allí vivió igual que sus progenitores, de la mendicidad. Fue envejeciendo, mientras cada día pensaba en la frase que escuchó de la Virgen, y cada día seguía sin asimilar su significado. Sin entender que su soberbia no le permitía ver la realidad: que no debía considerarse más importante que nadie para ir siempre delante, sino que debía iniciar su camino en el último lugar, y sería su peregrinar el que lo colocaría en el puesto adecuado para conseguir la felicidad que todo ser humano anhela.

       Un año, en los primeros días de septiembre, acudió a ver a la Virgen porque él nunca perdió la fe en Ella, y como si Ella hubiese intercedido… por fin vio. Por fin entendió. Por fin reconoció que su vida estaba rodeada de soberbia y que ésta le había arruinado la vida.

       El 8 de septiembre, el gran día, llegó con su habitual aire de solemnidad y su vibrante trasiego de personas a lo largo y ancho de todo el pueblo. La tarde se envolvía con las velas encendidas en un manto de silencio, bordado con miles de puntos luminosos que parpadeaban, y en el centro emergía la figura iluminada de la Virgen de la Piedad, lista para su procesión.

       Tarquinio, con el corazón latente y los ojos fijos en la imagen sagrada, tomó su bastón en una mano y una vela encendida en la otra, decidido a acompañarla en su recorrido. Sin embargo, cuando la Virgen inició su marcha, él permaneció sereno, quieto, inmóvil, dejando paso a todos los que querían acompañarla. La multitud comenzó a avanzar, unos con velas grandes que parecían iluminar la calle, otros con velas pequeñas que titilaban, otros con dos o tres velas atadas formando una antorcha… Mujeres y hombres, todos de fe, todos penitentes, muchos descalzos, caminaban en silencio, unos delante y otros detrás de la Imagen, pero todos con ferviente devoción. Unos para ofrecer su suplicio a la Virgen, otros para dar gracias, otros para pedir…

       Tarquinio esperó, paciente, hasta ser el último de los penitentes en sumarse a la procesión. Cuando estuvo en su lugar, justo detrás de la multitud, apoyándose en su bastón, levantó su vela encendida y se unió a la marcha con un paso firme y respetuoso. Así avanzó, en la penumbra del crepúsculo, siendo el último en la fila, con su presencia silenciosa que complementaba la solemnidad de aquella noche sagrada.

       Tarquinio avanzaba en silencio, invisible a los ojos de los demás. Nadie le dirigía la palabra, nadie parecía advertir su presencia, como si su existencia no fuera más que un susurro olvidado en el viento. La soberbia que lo había guiado en vida lo condenaba ahora a un andar solitario, siempre en el último lugar, arrastrando los pies con esfuerzo, apoyado en su bastón y en la débil llama de su vela, que parecía titubear con cada paso. La procesión continuaba su curso, y él, con el alma en penitencia, seguía caminando, metro a metro, hasta el final. Así, año tras año, se repetía la misma escena.

       En los primeros años, apenas la procesión finalizaba, los vecinos bajaban la voz para murmurar sobre la presencia de Tarquinio. Decían que caminaba con la cabeza gacha, siempre al final, como si la Virgen misma lo hubiera nombrado guardián de las sombras que quedaban tras Ella. Pasó el tiempo, y ya nadie recordaba su nombre con certeza; solo se hablaba de un anciano solitario, que cerraba el cortejo con un bastón en una mano y una vela temblorosa en la otra, marcando su posición como un faro lo hace en la costa.

       Más de cien años han pasado desde entonces, y todavía hay quienes, en noches de procesión, aseguran haber visto aquella figura encorvada que avanza detrás de todos, sin pertenecer del todo al mundo de los vivos ni al de los difuntos. Unos dicen que la vela nunca se apaga, aunque sople el viento; otros, que el anciano inclina la cabeza en señal de respeto, como si escuchara voces que nadie más oye. Lo cierto es que, entre el rumor de la multitud y el tañido de las campanas, siempre hay un ojo temeroso que afirma haberlo visto.

¿Y tú? ¿Lo has visto alguna vez?

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Juan Carlos Guerrero Quintana
Septiembre 2026


 

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