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CUENTO REVISTA FERIA 2025
 
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II CUENTO DE SEPTIEMBRE

     La copa de Pitágoras, también llamada la copa del codicioso, se parece a una copa normal pero está construida de tal manera que tiene un tubo en su interior que se conecta al fondo del vaso. Cuando se llena hasta una cierta altura, el líquido permanece en su lugar; sin embargo, si se llena por encima de ese nivel, el líquido, por el principio de los vasos comunicantes  comenzará a fluir a través del tubo y saldrá por la parte inferior, provocando que la misma se vacíe completamente.
Este ingenio se utiliza como una metáfora para enseñar que la codicia y el exceso pueden llevar a la pérdida de lo que se ha ganado anteriormente. Es un instrumento lúdico pero educativo que puede servir al ser humano para reflexionar sobre la moderación.


EL CODICIOSO

       Licinio y Frosina se encontraban en la terraza de su casa, donde el aroma del jazmín y de la dama de noche  impregnaba el aire cálido de la tarde. Miraban juntos el atardecer lleno de tonos anaranjados y violetas, como si el universo mismo celebrara el amor que se tenían ambos.

       Él era un hombre de negocios ambicioso. Ella, con una inteligencia aguda que desbordaba sabiduría, se había convertido en su confidente y asesora.
       
       -A veces -dijo Frosina-, los mejores negocios no son los que se cierran, sino aquellos que benefician a más gente porque cultivan la confianza de los demás.
       
       -Tus palabras siempre tienen mucho peso, pero a veces no entiendo la profundidad de las mismas -dijo el marido mirándola atrapado por el brillo de sus ojos.

       "¿Qué querrá decir con beneficiar a más gente?" se preguntaba el enamorado marido.

       Licinio siempre había considerado que el éxito era sinónimo de riqueza, y la riqueza, de poder. Su oficina era un reflejo de esa filosofía: paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de la ciudad, muebles de diseño y un despacho en madera de caoba que hacían aparentar brillantez en los negocios. Aquella mañana, como todas, al abrir la persiana, se sentía como el rey de su propio imperio. Sin embargo, a los cinco minutos sonó el teléfono; lo cogió, y mientras escuchaba se retorcía en su silla sintiendo un nudo en el estómago.
Había quebrado.

       Después de años de lucha por  su negocio, sus sueños, como hojas secas, caían uno a uno, dejando desnudo el árbol de su fantasía.

       Antes de regresar a casa, con la ruina y desesperación en su cabeza, decidió hacer una parada en el encantador pueblo de Iznájar para visitar a su venerada Patrona. Era un fresco atardecer de septiembre, y el pueblo bullicioso y vibrante se manifestaba como un crisol de emociones, anticipando la llegada del gran día: el ocho de septiembre.
Llegó con el coche hasta el mismo Paseo de la Constitución, antiguamente llamado Paseo del 10 de Agosto. Contempló la fachada del santuario, un mural de fe que se alzaba ante él, y dejó que su mirada ascendiera hacia el campanario, que, como un guardián, se mantenía en un silencio reverente. Cruzó el umbral y, al internarse en el templo, se encontró con la Virgen de la Piedad, situada fuera de su camarín, como era propio de la fecha. Su presencia majestuosa iluminaba toda la iglesia, cada rincón, cada recoveco...

       Licinio, impactado por la luz que desprendía, se acercó, la miró con ojos de fe y se sentó en un banco a los pies de la soberana princesa.  En esto, le dijo con voz interior: "Para cubrir todas mis deudas, necesito que me toque la lotería, y te prometo que el dinero sobrante lo repartiré entre los pobres".
Pasados unos días le tocó en la lotería dinero suficiente para pagar todas sus deudas y con el sobrante decidió que iba a iniciar un nuevo negocio. Su esposa Frosina, como siempre acertada, le dijo:

       -Prometiste a la Virgen que ibas a repartir el dinero entre los pobres y no lo has hecho.

       -Lo haría si la lotería me hubiese tocado por intercesión de Ella, pero si me tocó por una cuestión de azar no estoy obligado a hacer el reparto -le contestó Licinio. 

       -Pero eso nunca lo podrás saber -le recriminó la esposa.

       -Haré una cosa -dijo Licinio-, volveré a ver a la Virgen y le diré que me dé una señal de que ha sido Ella. Si no me da la señal es que ha sido fruto del azar.

       Ya había pasado el ocho de septiembre y se dirigió de nuevo al bello pueblo de Iznájar. Las fiestas habían terminado, era sábado, el primer día de novena a la Virgen. La misa había finalizado esa tarde. La gente salía del santuario. Licinio entró cuando el templo quedó vacío. Solo, frente a la Virgen, se sentó en el mismo banco que la vez anterior. Y le dijo de nuevo con voz interior: "Madre mía. Me ha tocado la lotería. Necesito que  me des una señal de que Tú has tenido algo que ver en ello. Si es así, repartiré todo mi dinero entre los más pobres como ya te dije. Dame esa señal y cumpliré".

       El templo estaba vacío, no se oía ruido, no resbaló objeto alguno, no se apagó ni encendió luz, no entró nadie a decir palabras que supusieran una señal, ni siquiera se oyó el crujir de alguna madera; la cara de la Virgen estaba inmóvil, la del Niño más inmóvil aún si cabe, las imágenes permanecían inertes como vacías de espíritu.

       A la vista de la ausencia de señales, Licinio con rostro serio, se levantó, se santiguó mirando a la Virgen y, dándole la espalda, recorrió el templo por el centro del mismo. El suelo encerado provocaba en las suelas de sus zapatos un sonido chirriante a cada paso que daba. Era la única compañía que llevaba, como si fuese el lastimero llanto de la Virgen que resonaba en el silencio del santuario.

       Era domingo, el último día de novena, y Licinio recibió una impactante noticia: la fortuna le había sonreído por segunda vez en la lotería. Esta vez, había ganado una suma aún mayor que en el sorteo anterior. De su boca brotaban, como un río desbordado, proyectos y sueños inconexos, desde ampliar su imperio hasta deleitarse con los banquetes que la vida le ofrecía… hasta que su esposa, con la claridad de un faro en la tormenta, le dijo:

       -¿No has pensado que tal vez sea una señal?

       -¿Qué quieres decir? -le contestó él.

       -Si es una señal, deberías repartirlo entre los más necesitados -sentenció ella.

       Pero Licinio no prestó oído al consejo de su sabia esposa y se sumergió en la tarea de construir sus castillos en el aire, ignorando que el premio podría ser la señal que él mismo pidió a la Virgen.

       Licinio, en una explosión de hedonismo, vendió la empresa que fue el corazón palpitante de su existencia. Con los bolsillos repletos de dinero, emprendió un viaje tras otro. Sus días se convirtieron en una sucesión de playas paradisíacas, cenas opulentas y fiestas extravagantes. Los placeres del mundo se le ofrecieron en bandeja de plata, y no dudó en tomarlos todos.

       Mientras tanto, Frosina se quedó atrás, en la penumbra de un hogar vacío y silencioso. Los meses pasaron, y las llamadas se hicieron cada vez más esporádicas, hasta convertirse en esperas interminables que la atraparon en una soledad dolorosa.

       Mientras tanto, para Licinio, las noches de excesos y celebraciones comenzaron a perder su atractivo. Los placeres que había abrazado con tanto fervor se convirtieron en cadenas que lo ataban a una existencia vacía. En su soledad, Licinio empezó a recordar la vida que había abandonado: los días tranquilos con su esposa, la compañía constante de alguien que realmente se preocupaba por él, el calor del hogar que había dejado atrás. Las memorias de una vida sencilla, pero llena de amor y estabilidad, emergieron con la fuerza de una tormenta en su mente. Pero ya era demasiado tarde. Fue diagnosticado con una enfermedad terminal que le impediría recuperar lo que en el pasado tuvo.

       Era 8 de septiembre del año siguiente. Aún no habían despuntado los primeros rayos de sol cuando Licinio acudió de nuevo a ver a la Virgen. Dejó el coche en la Venta y decidió subir andando por la calle Puerta del Rey, por donde, por la tarde, subiría la Virgen de la Piedad entre vítores como máxima expresión del fervor hacia la Reina del Cielo.

       Subió descalzo.

       La pendiente era un enemigo silencioso, un verdugo que hacía que el ascenso fuera un suplicio para un enfermo acostumbrado al lecho de la comodidad. Sin embargo, sus pensamientos se elevaron hacia la Virgen. Imaginó a los costaleros, como brazos de ángeles, cargando con el trono; pensó en aquellos que empujaban desde atrás y en los que tiraban desde adelante, todos unidos en un esfuerzo colectivo alimentado por la devoción. Visualizó a los fieles, que con el aliento y el calor de sus velas, como vientos invisibles pareciera que estaban elevando a la Señora hacia el Cielo. Con ese pensamiento reconfortante, finalmente llegó al inicio de la calle Obispo Rosales, donde giró a la derecha, dirigiéndose al Santuario.

       Al girar de nuevo a la derecha, se adentró en la calle de la Antigua. Un sendero angosto que no invita a mirar hacia atrás y paso obligado de peregrinos, donde las paredes blancas de las casas, testigos silenciosos de plegarias que han resonado a través de los años, parecen estrecharse aún más, como si quisieran susurrar al oído del devoto los secretos del alma.

       La calle culmina en unas escaleras en descenso que, con la promesa de la inminente llegada, se ensanchan en un abrazo que parecía invitarlo. Allí, al bajar el último escalón se alza la majestuosa puerta del santuario, un umbral cargado de esperanza donde la Virgen de la Antigua y Piedad aguarda, atenta, a sus fieles.

       Cruzó la pesada puerta del Santuario, sintiendo el frío del mármol bajo sus pies descalzos y cansados. La luz del amanecer se filtraba a través de la vidriera, creando un mosaico de colores que le recordaban la efímera belleza de la vida.

       Mientras caminaba hacia el altar, una sensación inusitada le detuvo. A su derecha, una imagen de Jesús Nazareno cargando la Cruz atrajo su atención. Vio que tenía un rostro sereno, que irradiaba una paz que no podía entender del todo. Sin embargo, lo que le llamaba aún más la atención era la cruz que sostenía. Sintió un escalofrío al comparar el yugo de su enfermedad con la carga que el Nazareno llevaba a cuestas. Su cruz era, en esencia, la codicia convertida en sufrimiento. La Cruz del Señor era la ayuda que él nunca quiso ver.

       Pero algo en la mirada de Jesús lo sacó de su meditación. El semblante del Salvador no se dirigía a él; en lugar de eso, miraba hacia su derecha, hacia su Madre, la Virgen. Era como si las gruesas paredes del santuario se desvanecieran, permitiendo que sus espíritus se comunicaran en una conexión sagrada.

       Licinio respiró hondo y siguió avanzando, dejando atrás la imagen de Jesús. Se dirigió hacia la Virgen, arrodillándose ante Ella. Su corazón latía con una mezcla de miedo y esperanza. Cerró los ojos y comenzó a orar, con voz alta y clara que todos los presentes podían escuchar. Su oración, que emergía de lo más profundo de su ser, estaba llena de arrepentimiento y anhelo de paz.

       -Madre mía -susurró, sintiendo cómo las lágrimas brotaban de sus ojos. -Hoy vengo a pedirte perdón. Perdón, por cada una de las promesas que no cumplí. Perdón por el egoísmo que ha conducido mi vida. Perdón por el daño que he hecho a mis seres queridos.

       Su voz temblaba, pero su corazón era sincero. Y continuó:

       -No te pido que me cures. He aceptado mi destino. Solo te pido que, en el momento de mi muerte, estés a mi lado. Quiero sentir tu presencia, tu paz, aunque sólo sean sesenta segundos.
Mientras hablaba, la atmósfera pareció cambiar. Un suave viento acarició su rostro, y, por un instante, sintió que no estaba solo.
       
       Se retiró andando hacia atrás sin dar la espalda en ningún momento a la venerada imagen.

       Para acabar, en un acto que desafiaba la lógica, comenzó a retroceder, moviendo sus pies con cuidado para no romper la conexión sagrada con la imagen que le inspiraba tanta fe. Al llegar a la puerta de salida, con su mirada fija en la Virgen, levantó la voz, resonando en el aire cargado de emoción:

       -¡Viva la Virgen de la Piedad!

       La exclamación reverberó por todo el templo, y como si el eco de su fe hubiera despertado a los presentes en el templo, todos los fieles como un coro ferviente y unificado respondieron al instante:

       -¡¡¡Viva!!!

       El ambiente se llenó de un ardor y una alegría compartida, como si el cielo mismo se uniera a aquel instante de celebración.

       Todos los que estuvieron a los pies de la cama de Licinio en la noche de ese mismo día, cuando la imagen de Nuestra Señora de la Piedad aún se estaba procesionando, coincidieron en relatar que, tras la tortura de haber soportado intensos dolores, un minuto antes de dejar este mundo, su rostro se iluminó con una sonrisa placentera, similar a la de un bebé recién amamantado en los cálidos brazos de su madre. Así, con esa expresión de paz, Licinio se despidió, dejando en quienes lo rodeaban un recuerdo imborrable de amor y tranquilidad de sus últimos momentos, como si el eco de su felicidad continuara resonando incluso después de su partida.


Juan Carlos Guerrero Quintana
Septiembre 2025

 

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