CUENTO DE SEPTIEMBRE
Hace tiempo, al escuchar el Evangelio según San Juan 9:39, que narra "Dijo Jesús: he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean...", surgió en mi mente una semilla de lo que a la postre sería lo que hoy vengo a ofrecer. Inspirado por los innumerables relatos navideños que han perdurado a lo largo de los años y a los que conocemos por Cuentos de Navidad, decidí dar forma a esta idea y dar vida a un cuento especial, que haciendo el símil lo he titulado Cuento de Septiembre. Con la esperanza de transmitir un mensaje con luz para aquellos que quieran ver, y con el deseo de que todo lector disfrute, me aventuro a escribir este relato, producto de mi imaginación, que espero sea el primero de una serie de Cuentos de Septiembre.
LA BÚSQUEDA
Había una vez un hombre de aspecto desaliñado que a primeros de septiembre caminaba por polvorientos senderos. Sus sandalias estaban gastadas, y su cabello largo y enmarañado caía sobre su rostro. Nadie prestaba mucha atención a este extraño peregrino.
Este hombre tenía una misión: encontrar a la Madre de Dios. No sabía cómo ni por qué, pero sentía que su búsqueda era crucial para su propio destino. Así que, con un corazón lleno de esperanza, se dirigió a la Parroquia del pueblo más próximo.
El cura del lugar, un hombre de edad avanzada con una mirada sabia, lo recibió con amabilidad. El peregrino le explicó su búsqueda y le pidió orientación. El cura, sin embargo, no parecía convencido de la bondad del insólito caminante.
-La Madre de Dios está más allá de nuestras comprensiones terrenales - le dijo. -Quizá deberías buscar en otro lugar.
Desanimado pero no derrotado, el hombre continuó su viaje visitando pueblos, pero en todos encontraba la misma o parecida respuesta.
Hasta que se presentó ante el obispo de la diócesis. El obispo era un hombre imponente, rodeado de una atmósfera de solemnidad y vestido con ropa suntuosa. El peregrino le contó su historia y esperó ansioso las palabras del líder religioso.
El obispo lo miró con benevolencia:
- Sus caminos son inescrutables, y su presencia es un misterio -declaró el obispo. - No esperes encontrarla en este mundo, pero sigue tu búsqueda y Ella guiará tus pasos en este camino de fe.
El hombre no se rindió. Siguió vagando, cruzando montañas y valles, siempre con la imagen de la Madre de Dios en su mente. Hasta que un día, mientras caminaba, un viandante de avanzada edad, calvo y con la barba canosa se le acercó con una sonrisa amigable.
-¿Dónde vas tan demacrado? -le preguntó el viandante.
-Busco a la Madre de Dios -le contestó.
Entonces el peregrino le contó las palabras que le dijo el obispo sobre la lejanía de la Virgen María y le preguntó:
-¿Sabes algo sobre Ella?
-Esto te puede ayudar. Recuerdo una vez que escuché al obispo decir que Iznájar es un pueblo que está muy lejos. Hijo mío, ¿qué es la distancia para alguien que busca la Verdad? Ve a Iznájar y entra en el Santuario de la Virgen de la Piedad. Allí encontrarás lo que buscas.
El hombre siguió el consejo del viandante. Retomó de nuevo su camino en soledad con la única compañía de su mochila a la espalda. Y, en la mañana del ocho de septiembre, bajo un cerúleo cielo, llegó al pueblo de Iznájar cansado pero emocionado por llegar a su destino. Siguiendo las indicaciones de un amable vecino, comenzó a subir por la calle Córdoba, admirando las casas blancas y los estrechos callejones que salen a izquierda y derecha como brazos que invitan a conocer nuevos horizontes. A medida que ascendía, pudo sentir la brisa limpia de la mañana en su rostro y el aroma a jazmín que impregnaba el aire.
Dobló una esquina y se adentró en la Calle conocida popularmente como "El Llano" por ser una de las pocas calles que no está empinada. Pasó por delante de la casa de una vecina llamada Pilar, quien esperaba en la misma puerta con cara de preocupación la llegada de su hijo.
Al final de la calle, llegó al Paseo donde destaca imponente el Santuario de la Virgen de la Piedad, con su fachada blanca y su campanario queriendo tocar el cielo. El peregrino se detuvo un momento para contemplar la belleza del lugar y las impresionantes vistas al embalse.
Finalmente, el peregrino entró en el Santuario. Allí, ante la imagen de la Virgen de la Piedad, se arrodilló y pronunció las siguientes palabras:
-Mujer, la Paz sea contigo y con todos los iznajeños.
En ese momento, dos lágrimas brotaron de los ojos de la Virgen y comenzaron a surcar lentamente su rostro, dejando un rastro transparente a su paso.
El peregrino se levantó y salió por la puerta principal. Los fieles presentes, al ver lo ocurrido, corrieron hacia fuera, ansiosos por hablar con el hombre que había conmovido a la Virgen. Pero solo encontraron a un hombre de avanzada edad, calvo y con la barba canosa; y le preguntaron:
-¿Has visto al hombre que acaba de salir?
-No -contestó el anciano.
-¡Tienes que haberlo visto! ¡Acaba de salir! -le replicó ansiosa una mujer.
-¿Por qué buscáis entre los mortales al que vive? -le replicó el anciano.
Y después de unos segundos de silencio absoluto, con una sonrisa enigmática, les volvió a preguntar:
-¿Qué más queréis ver?
Juan Carlos Guerrero Quintana
Septiembre 2024